Volver al cuerpo: El camino de vuelta a casa

El cuerpo como guía
«Escucho mi cuerpo respirar. Voy dándome el espacio y el permiso para abrirme cada vez más a recibir lo que estoy sintiendo»
Esa sencilla invitación, que muchas veces surge en contextos formativos o terapéuticos, puede ser una puerta a nuestra intimidad. A veces, esa conexión resulta placentera y reconfortante; otras, profundamente desafiante.
Escuchar el cuerpo no siempre es fácil, sobre todo cuando en sus distintos constituyentes — físico, emocional, mental y espiritual — quedaron grabadas las huellas de lo vivido.
En muchos momentos de mi vida atravesé situaciones difíciles que marcaron mi historia. Ante la imposibilidad de modificar lo que sucedía fuera, aprendí a sobrevivir haciendo algo dentro de mí: controlar, contener, negar… Así nació la fragmentación. Sentir plenamente no era una opción. Tuve que endurecerme, desvitalizarme, pasar por encima de mis propias necesidades, mantenerme fuerte… pero en soledad. Lo hice para sobrevivir, para pertenecer, para recibir una mirada, un gesto de ternura, algo de amor.
Con el tiempo, comprendí que esa vulnerabilidad que tanto había intentado ocultar era, en realidad, mi naturaleza más auténtica. Sin embargo, también era aquello que más temía mostrar: la herida expuesta al juicio, la descalificación o el abandono.
Ya en la adultez, esas estrategias defensivas que un día me protegieron comenzaron a pesar. La soledad, la desconexión, la falta de dulzura y sentido se hicieron evidentes. Ser funcional dejó de ser suficiente.
Descubrí entonces que la forma en la que interpreto mis experiencias a menudo interfiere con mi anhelo más profundo: experimentar el amor. Y comprendí que el amor es, al mismo tiempo, lo más deseado y lo más temido.
Cuando alguien me ofrece amor genuino, no siempre puedo recibirlo. A veces desconfío, me asusto o lo minimizo. En el fondo, me defiendo. Y esa defensa genera frustración, vacío, pérdida de esperanza.
De esa tensión nacen las crisis: momentos en los que sentimos la falta de algo esencial, una nostalgia vaga de lo que no está ocurriendo en el presente. Entonces aparecen los pensamientos del tipo «cuando… entonces seré feliz», proyectando en el futuro la felicidad. O recurriendo al pasado, idealizando lo que fue o lamentando lo que perdí. Y me pierdo del presente como canal a la escucha de mis necesidades más humanas.
Sin embargo, las crisis también son portales. Oportunidades para despertar, pedir ayuda, iniciar un proceso terapéutico o formativo. En Río Abierto, comprendemos las crisis como parte del ritmo natural de la vida: todo lo que se gesta en el interior necesita tiempo y escucha para revelarse. La conciencia de quien contempla su propia naturaleza con profundo respeto.
El cuerpo guarda en sí la memoria de nuestra historia. Escucharlo es un acto de responsabilidad y amor.
En los grupos de Trabajo Sobre Sí y Movimiento Vital Expresivo de Río Abierto, así como en los distintos espacios formativos y actividades relacionadas con Río Abierto España, damos un espacio a esa escucha desde el cuerpo, la emoción, el pensamiento y la energía.
Trabajamos en círculo porque la horizontalidad es esencial: cada voz, cada experiencia, tiene su lugar. Antes de comenzar, invitamos a cada persona a compartir una palabra sobre cómo llega. Este gesto sencillo abre un espacio de presencia y autenticidad.
Cerramos los ojos y llevamos la atención al interior: a las sensaciones físicas, al ritmo de la respiración, al contacto con la tierra y mis apoyos. Observamos el estado emocional, el flujo mental, los pensamientos que ocupan la cabeza, los «tengo que» que nos desconectan del sentir. Y también la energía que circula — o no — en nuestro cuerpo.
Después, cada un@ puede nombrar lo que está más presente: una emoción, una molestia, una idea recurrente, el simple hecho de no sentir nada.
Este ejercicio, tan sencillo en apariencia, tiene una profundidad enorme:
– Me estoy dando un tiempo para preguntarme y escucharme en todos los planos, cómo estoy. Y esto ya es algo que quizás no hago en mi cotidiano.
– Estoy atendiendo a los diferentes cuerpos que habito para poder incluirlos e integrarlos como experiencia en este presente.
– Y también estoy de pie, ocupando mi lugar en un grupo, formando un círculo con otras personas que están haciendo lo mismo con su mundo interno. Así que me puedo empezar a sentir parte de algo más allá de mí como ser individual, separado. Aparece la comunidad. La común unión.
– Y, por último, cuando nombro cómo llego, cómo me siento, estoy pudiendo expresar lo que me pasa en un espacio en el que incluirme con lo que me está sucediendo, sin juicio, sin interpretaciones, sin que nadie adjetive mi experiencia o quiera hacer-me algo con lo que expreso que siento.
Esto puede comenzar a abrirme a la dimensión de sentirme reconocid@ por lo que siento y no por lo que hago. Sentirme escuchad@ y recibid@. Sentir la confianza de que expresar lo que me pasa no trae consecuencias negativas para mí o que nadie use lo que expreso para ir en contra mío; que quiera silenciarme para que no incomode con mi dolor, mi llanto, mi rabia.
Esta experiencia, que es muy frecuente en los grupos, tiene una potencia enorme, también al escuchar cómo otr@s compañer@s expresan su verdad, y así vamos desarrollando una cultura de inclusión con lo que nos sucede: de mayor verdad, de mayor honestidad y de tratarme con mucha amabilidad. Se crea el puente entre la idea de mí y la realidad de lo que me sucede, entre mi parte funcional y mi parte esencial. Ser escuchad@s sin que nadie interprete, adjetive o trate de «arreglar» nuestra experiencia es profundamente sanador.
En ese acto se despierta algo esencial: la confianza. Sentir que puedo expresar lo que me pasa sin temor a las consecuencias. Ser recibid@, no por lo que hago, sino por lo que soy y siento.
Un ejercicio para comenzar
Te propongo que busques un momento de quietud.
Pon una música suave, adopta una postura cómoda y coloca una mano en el abdomen y otra en el pecho. Respira profundo unas cuantas veces. Luego pregúntate con sinceridad:
¿Cómo estoy? ¿Qué estoy sintiendo ahora? ¿Qué llama mi atención?
Quédate un momento a la escucha. Permite que tu cuerpo se exprese a través de sensaciones, emociones o imágenes.
Después, sigue esa energía: baila, respira, descansa, medita. Date un baño de presencia.
Este gesto cotidiano, apenas unos minutos al día, puede convertirse en una práctica de auto-escucha y nutrición profunda. Un regreso a ti mism@, a tu cuerpo y a tu esencia.
Escuchar el cuerpo no es solo una técnica: es un acto de amor. Una forma de volver a casa.
Muchas gracias!!
Fran Lezáun Castillo
Director docente de Río Abierto
Co director de Xanbala – Río Abierto Iruñea / Pamplona
+34 609 590 511


