En mi Jardín por Miren Portillo

Están asomando los narcisos en el jardín, son amarillos y anaranjados, brillantes y atractivos; son los primeros y vienen anunciando que se avecina el tiempo de florecer. Ese color amarillo, junto con la geometría y la organización tan exquisita de sus pétalos, me producen una profunda admiración y me devuelve adentro una sensación de conexión con la belleza.
Si nos damos un momento para contemplar y desplegar toda nuestra atención, cualquier lugar es una oportunidad para tocar con el Misterio, la Vida que late en todo, todo el tiempo. Se abre, así, la totalidad de las conexiones de todas las vidas en este círculo de belleza, se impone el orden de la interdependencia, y surge naturalmente un sentimiento de responsabilidad. Se nos hace presente la necesidad de reconocer que nuestras vidas dependen unas de otras, y así las de todas las criaturas de la tierra. Cuando una madre le da a su bebé el amor que necesita, está sembrando en su corazón un amor que le será propio, y que le hará percibirse como completo, abundante, digno y merecedor de tal abundancia. Esta misma relación también es afuera con esta hermosa y abundante Madre Tierra, que nos ofrece, a través de sus infinitos y diversos frutos, todo su amor.
Somos el producto de nuestra concepción del mundo, se nos presenta un mundo confabulado, individualista, corriendo en la carrera a ninguna parte; todo lo de afuera está diseñado para volver con fuerza a un lugar mecánico, alienado, separado…. Es urgente emprender el camino de vuelta a casa, salir de la fijación donde nos hemos identificado, recordar quiénes somos realmente para crecer gradualmente a la totalidad.
En Río Abierto, proponemos los espacios de trabajo sobre sí como un proceso de transformación necesario para desmontar esta ilusión que tanto nos ocupa, y tanta energía y atención nos atrapa. Este proceso nos permite tocar las heridas de la infancia, que nos hicieron crecer con una visión equivocada de nosotr@s mism@s, asentada en la carencia y la insuficiencia, la creencia internalizada de que nos falta algo, de que somos incomplet@s, con sus correspondientes mecanismos compensatorios. Esta percepción de nosotr@s mism@s sostiene un sistema que nos ofrece, continuamente, la ilusión de mejorar, consumir para alcanzar un yo ideal sujeto a la dualidad del bien y del mal, que también genera mucho sufrimiento y confusión al ser contradictorio e inalcanzable.
En este viaje de transformación, cuando me voy ubicando en la dimensión del Ser, nace un abrazo a lo que es, se libera la vida que estaba congelada o atrapada a una imagen falsa. Abrazar lo que realmente está presente sin la ambición de cambiar, sin la tensión de conseguir un resultado. Surge, entonces, y de manera progresiva, la conexión con el valor de la Vida, la vida que soy, como un valor inherente a la existencia de todos los seres. La identidad original es con el Todo. Así, el adentro y el afuera ya no se experimentan como divididos o enfrentados, si no que nos experimentamos como una relación, pudiendo acceder a la profunda comprensión del ser vivo que somos. Esta relación permite que la Vida sea, y recupera al humano y su sentido de responsabilidad con este legado.
Lo cierto es que fuimos l@s últimos en llegar, todo cooperaba con equilibrio en el origen. Antiguamente, en todos los pueblos originarios, esta relación con la Vida, la naturaleza y el cosmos era natural, biológica y orgánica, no era una idea, lo divino y lo sagrado eran una experiencia sentida, una forma de vida. El llamado es a volver a recordar que no somos unidades aisladas autosuficientes, que no somos nada sin todo lo demás. De este entendimiento nace la gratitud, de este sentimiento de abundancia de todo lo que nos rodea y nos sostiene. Y la Tierra, como buena madre y espíritu viviente, anhela el bienestar de sus hij@s, que reciben y agradecen todo lo que está vivo, que lo cuidan y lo respetan, como jardiner@s que sueñan su jardín y lo construyen hermoso.
Río Abierto es una invitación a desplegar todo nuestro potencial humano, propone una práctica que nos ayuda a reconectar y recordar nuestra verdadera naturaleza. Cuando empezamos a movernos en las clases, muy pronto sucede que algo adentro se dinamiza, y los rostros empiezan a cambiar, se esboza una sonrisa, la piel adquiere color, se vivifica la mirada… Son algunas de las consecuencias de volver a encontrarnos en círculo, del descanso del centro intelectual, de respirar un poco más profundamente, de movernos llevad@s por la música… Lo cierto es que, sorprendentemente, la velocidad con la que podemos desmecanizarnos es asombrosa. Solo un instante de atención hacia adentro, y el guión de mi día (y de mi vida) detiene su inercia, como cuando me paro ante los narcisos. Cuando esto sucede, lo vital empieza a tomar espacio, ahí donde está la Vida, y surge una alegría natural, espontánea, que deviene de despertar el cuerpo, hacer espacio, abrir puertas y ventanas y airear la casa.
El centro motor hace puente con nuestra niña-niño esencial, con lo espontáneo, la libertad y la alegría de estar en el momento presente, enfocada en una sola cosa.
Con la práctica, el cuerpo recuerda su capacidad para regularse, reorganizarse y renovarse, tanto en estructura como en funcionamiento. Esta naturaleza le pertenece, nos pertenece, así como el bosque nos muestra la renovación de la vida en un ciclo infinito. Y hacerlo juntos y juntas, nos amplifica a nivel energético y nos convoca a celebrar la existencia. El círculo nos habilita la experiencia de formar parte, es inclusivo como la vida, que a nada se opone. Trae la configuración del origen, el orden del amor, una matriz vincular donde poder mirarse y reconocerse. Abre el espacio para crecer, como las flores del jardín, que se abren en sus diferentes tiempos, y que cada una contiene los dones, las virtudes, los colores y las fragancias para participar, cooperar y construir junt@s este bello sueño.
Aho mitakuye oyasın
Por todas mis relaciones.

Miren Portillo Ciriza
Codirectora de Xanbala – Río Abierto Iruñea/Pamplona
