El cuerpo como territorio terapéutico en los procesos de recuperación de los TCA

Introducción: el cuerpo que habla donde no hay palabras
De las cosas que más me llamaron la atención cuando comencé a trabajar con niñas ingresadas con un diagnóstico de anorexia nerviosa fue, en primer lugar, que eran todas niñas. Esa constatación, que podía parecer un simple dato estadístico, abría en mí muchas preguntas: ¿por qué ellas?, ¿qué les estaba pasando?, ¿qué expresaban sus cuerpos con tanto sufrimiento?
Me impresionó la agresividad dirigida hacia sí mismas, la desconexión con el daño y la falta de conciencia del riesgo vital en el que se encontraban. El cuerpo hablaba con fuerza, pero ellas no podían escucharlo. Mostraban una gran tenacidad en su negativa a comer, una fuerza que sostenía la restricción como si en ello se les fuera la vida. Y en parte, así era.
Lo que más me impactaba era cómo un gesto tan cotidiano, y aparentemente sencillo, como comer o no comer podía convertirse en el escenario donde se expresaba un dolor tan profundo. En esos cuerpos tan jóvenes se hacía visible algo que iba mucho más allá de la comida: un intento desesperado de controlar lo incontrolable, de poner límites, de sobrevivir al desbordamiento emocional y al vacío. El cuerpo se convertía en el lugar donde se hacía visible el sufrimiento, y a la vez, en el único territorio que podían controlar.
1. Comprender los TCA desde una mirada integral
Más allá de cómo puedan ser definidos o diagnosticados desde el modelo médico-biologicista, entiendo los trastornos de la conducta alimentaria como formas de gestión del sufrimiento, intentos —no conscientes— de sostener la angustia, el miedo o la sensación de pérdida de control. Suelen emerger en etapas vitales de inseguridad y vulnerabilidad, donde el cuerpo se convierte en el único territorio sobre el que una persona, habitualmente una mujer joven, siente que puede ejercer dominio.
Desde esta perspectiva, los TCA no son solo un conjunto de síntomas ni una «enfermedad» que reside en el cuerpo o en la mente. Son expresiones de un conflicto más profundo entre el deseo de autonomía y la necesidad de control, entre el anhelo de pertenecer y el miedo a ser invadida o anulada. Tal como plantea Jay Haley, pueden entenderse dentro de los trastornos de la emancipación, aquellos que aparecen en el tránsito hacia la individuación, cuando la persona busca separarse del núcleo familiar y afirmarse como sujeto.
A lo largo de los años, he podido observar cómo muchas de las jóvenes que llegan a consulta o a los grupos atraviesan ese conflicto entre dependencia y autonomía, entre querer ser vistas y temer la mirada. En el centro de esa lucha, el cuerpo se convierte en escenario, campo de batalla y refugio. La cultura y la sociedad también juegan un papel crucial: la violencia estética, los mandatos sobre la delgadez y los ideales de perfección corporal siguen afectando especialmente a las mujeres, moldeando la forma en que viven, sienten y juzgan sus cuerpos.
Trabajar en la recuperación implica, entonces, una mirada compleja: contemplar las dimensiones biológica, psicológica, emocional, relacional, social y simbólica. Escuchar el síntoma no unicamente para silenciarlo, sino para comprender qué está sosteniendo, qué función cumple, qué necesidad está intentando satisfacer. Si tratamos de eliminarlo sin escucharlo, lo que conseguimos es más control y más rigidez.

2. El cuerpo como vía de acceso y transformación
El trabajo corporal en los procesos de recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria está orientado a habitar la corporalidad, a volver al cuerpo deshabitado, silenciado o incluso maltratado. Se trata de recuperar el cuerpo como casa, como territorio propio y seguro, donde poder estar.
Intentar trabajar únicamente con la imagen corporal —con el «cómo me veo» o «cómo me ven»— suele tener resultados limitados, pues esa imagen está profundamente mediada por la presión social sobre los cuerpos, especialmente sobre los de las mujeres. El trabajo profundo se produce cuando se transita del pensar el cuerpo al sentir el cuerpo, del discurso a la experiencia directa, del juicio a la escucha.
Las herramientas corporales que utilizo —el movimiento expresivo, la respiración consciente, la conciencia corporal, el silencio, la palabra y la escucha— permiten abrir espacios internos donde poder sentir sin juicio, donde el cuerpo empieza a contarse a sí mismo. En el movimiento grupal, especialmente, se genera una resonancia colectiva: la emoción que una expresa se convierte en puerta para que otras se reconozcan y se conecten. El grupo ofrece sostén, espejo y comunidad.
La respiración consciente es la herramienta básica, sencilla y concreta que permite entrar dentro: estar en contacto con lo interno, habitar estados de calma y serenidad. El movimiento expresivo, desde el juego y lo lúdico, amplía el rango de movimientos, abre la energía vital y reconecta con el placer de habitar el cuerpo. Sentir el arraigo, los apoyos y los lugares internos que se reconquistan a través de la presencia, el calor y la energía es un proceso que devuelve a la persona a sí misma.
En este camino, adquiere un papel fundamental la autodisciplina entendida como compromiso con el autocuidado. No se trata de esperar soluciones mágicas, sino de cultivar la voluntad desde el placer: descubrir lo bien que me sienta, lo bien que me siento cuando me cuido, cuando me trato con respeto. La disciplina así entendida deja de ser una norma rígida para convertirse en un acto de amor hacia una misma.
Desde ahí, aparece el concepto de «límite amoroso de autocuidado», que sustituye las reglas férreas o las restricciones extremas por decisiones sostenibles, realistas y compasivas. No se trata de control o descontrol, sino de confianza en la capacidad de autorregulación del organismo. Aprender a escucharse y poner límites desde la amabilidad es una forma de reconstruir la relación con el cuerpo y con la vida.
3. Integrar la experiencia: del aprendizaje personal al acompañamiento terapéutico
Cuando comencé a trabajar en consulta y en la Asociación Acabe, me di cuenta de que mi formación universitaria me había proporcionado muchos conocimientos teóricos, pero muy pocos recursos para el trabajo real con las personas. Sabía diagnosticar, elaborar planes de intervención o aplicar técnicas cognitivas y conductuales, pero no sabía cómo acompañar emocionalmente, cómo construir vínculo o cómo sostener el dolor sin querer corregirlo.
En ese momento de búsqueda y crisis profesional comencé mi formación como terapeuta Gestalt en el IPETG de Bilbao, un proceso que me permitió humanizarme, reconocerme en las demás y entender que el encuentro terapéutico es, ante todo, una relación entre seres humanos. Aprendí a mirar al otro/a la otra sin juicios, a ver su historia, su dolor y también su potencia. Ese recorrido fue, sin duda, un viaje hacia dentro, lleno de honestidad, miedo y valentía.
En el proceso formativo tuve la suerte de coincidir con Lidia García, quien me introdujo en el trabajo corporal de Río Abierto. El encuentro con mi propio cuerpo fue profundamente revelador. Recuerdo las primeras sesiones de movimiento, donde al invitarme a respirar me di cuenta de que no sabía hacerlo, que apenas conocía mi respiración. En los primeros diálogos con mi cuerpo sentí su enfado por haberlo abandonado tanto tiempo.
Poco a poco, fui reconstruyendo el vínculo con mi cuerpo-casa. Comencé por gestos sencillos: dejar los tacones, elegir ropa cómoda, disfrutar del mar y el sol, redescubrir el contacto con la naturaleza. Mientras tanto, en lo profesional, seguía colaborando con Acabe, dinamizando grupos y acompañando a mujeres con TCA. Allí empecé a introducir elementos de trabajo corporal: respiración, conciencia del apoyo, movimiento expresivo.
Durante años dinamicé grupos en la asociación, especialmente el grupo de apoyo mutuo —durante quince años—, en el que integré el cuerpo en todas las sesiones. Hice la formación de Río Abierto, en la cual me di el permiso de volver a habitar mi cuerpo desde un nuevo lugar, después de haber transitado un embarazo y en proceso de crianza. También desarrollé un taller corporal de ocho sesiones semanales con chicas con TCA y sus madres, un espacio muy potente donde se abría la posibilidad de encontrarse y escucharse desde el movimiento, más allá de las palabras.
El trabajo grupal mostró con claridad que cuando se introduce el cuerpo, algo cambia. El grupo se vuelve más vivo, más auténtico, y aparecen emociones que la palabra sola no puede nombrar. Una de las participantes lo expresó así:
«Moverme centrándome en la música conseguía cambiar por completo la emoción negativa con la que llegaba al taller. Me ayudaba a relativizar y pensar que puedo conseguirlo».
Esa vivencia colectiva del cuerpo compartido, del movimiento sentido y expresado, abre caminos de transformación que trascienden lo individual. En el cuerpo se asienta lo que se comprende, se libera lo que estaba fijado, se abre el espacio para lo nuevo.

4. Agradecer el proceso, despedir el síntoma
Con el paso del tiempo, y tras muchos años acompañando procesos de recuperación, he podido ver que llega un momento en el que la persona empieza a reconocer para qué le ha servido su síntoma. Comprenderlo no como un enemigo, sino como un recurso que, en su momento, le ayudó a sostener la vida. Esa comprensión abre la puerta a algo esencial: poder agradecerle lo que hizo, y desde ahí, dejarlo marchar.
Cuando se toma conciencia de que aquello que el síntoma permitía —proteger, poner límites, calmar, controlar— ya puede hacerse de otras maneras, sin daño, el cuerpo y la mente se preparan para despedirlo. Poder decirle «gracias» a ese mecanismo que me ayudó a sobrevivir, y reconocer que ya no lo necesito, es un acto profundamente reparador.
Desde ahí, emerge una nueva posibilidad: decir que no sin miedo, poner límites desde la escucha y el respeto a las propias necesidades, conectar con el deseo y con el placer sin culpa. Se abre un espacio de libertad en el que el cuerpo deja de ser un campo de batalla para convertirse en territorio de vida, de presencia y de disfrute.
La autoestima deja entonces de ser una idea abstracta o un objetivo lejano, para hacerse experiencia concreta: tenerme presente, atender mis necesidades, cuidar mis ritmos, escuchar mis deseos. Es el acto cotidiano de cuidarme y sostenerme, no desde la exigencia sino desde la ternura y la responsabilidad.
En este punto del proceso, el cuerpo vuelve a ser casa. Ya no hay guerra ni huida, sino presencia. El cuerpo deja de ser un objeto a controlar o modificar, y vuelve a ser sujeto, territorio vivo, fuente de conexión, de placer y de sentido.
«A través del trabajo corporal aprendí que moverme, acariciarme y alimentarme bien, cocinar para mi disfrute es el mayor acto de amor propio que puedo hacer». — Testimonio de una participante en grupo terapéutico
Quizá el camino de recuperación consista, en última instancia, en reconciliarse con la vida a través del cuerpo, en permitir que la energía vuelva a circular, en sentir y agradecer el movimiento que nos habita.

Idoia Martínez Liroz
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