Cuerpo, voz y presencia: un camino para la recuperación de personas con Trastorno Mental Grave a través del teatro Social y el enfoque de Río Abierto

El teatro es una herramienta terapéutica poderosa. Décadas de trabajo en contextos clínicos, educativos y comunitarios han demostrado la capacidad de la práctica teatral para activar procesos de transformación subjetiva, expresión emocional y reconfiguración de la identidad. Desde el Teatro del Oprimido de Augusto Boal, que permite poner en escena conflictos internos y sociales para explorarlos y transformarlos, hasta las prácticas de psicodrama y el teatro terapéutico, el teatro se ha revelado como un espacio privilegiado para integrar cuerpo, emoción, palabra y acción.

En la práctica teatral no solo se habla y se piensa, sino que se encarna, se mueve, se reinterpreta, ahí reside su potencia. La escena ofrece un marco simbólico y protegido donde lo reprimido puede emerger, lo fragmentado puede ordenarse y lo silenciado puede encontrar voz. En escena, el actor o la actriz están en presencia: un estado de conexión plena consigo mism@s, con el entorno y con los otr@s. Presencia es estar viv@, disponible, abiert@, sensible a lo que emerge en el instante. Es una manera de estar en el mundo.

En el trabajo con personas con Trastorno Mental Grave (TMG), esta dimensión vivencial, expresiva y colectiva del teatro activa procesos de recuperación de la salud, permite reconstruir narrativas, recuperar la agencia y la autonomía, favorece la integración personal y relacional y puede ser la base para un desarrollo comunitario de sus entornos. Las personas con TMG que practican teatro social experimentan mejoras en los niveles de ansiedad, aumentan su capacidad para disfrutar y fortalecen la autoestima. El taller de teatro social se convierte en un espacio seguro donde explorar y expresar emociones, experimentar la conexión con l@s demás y vivir el vínculo y la pertenencia al grupo.

Empecé a facilitar estos grupos en octubre de 2021, en el marco de un proyecto dirigido a varios dispositivos de Salud Mental de la red que existe en Gran Canaria. La base de mi trabajo está en la metodología del teatro social, aquella que se conecta con Boal y Freire. A medida que avanzaban las sesiones semanales, fui adaptando la metodología a las necesidades de los grupos y a las particularidades individuales que encontré. Durante el proceso, inicié la formación Río Abierto, lo que me permitió incorporar nuevas herramientas desde el enfoque psicocorporal.

En este breve artículo resumiré lo que he descubierto en el proceso y cuáles son los ejes que vertebran mi intervención con los grupos.

1. El taller de teatro: un espacio seguro

Es fundamental que las personas se sientan cómodas y protegidas en el espacio donde se desarrolla la práctica teatral. La actitud del/de la facilitador/a es clave: se trata de acompañar sin invadir, de facilitar desde la escucha. En grupos con personas con TMG, esto implica sostener sin forzar, proponer sin imponer. La propuesta es trabajar desde la confianza en el proceso corporal y creativo, reconociendo que cada persona tiene su tiempo, su ritmo, su lenguaje y su derecho a decir “no”.

Las sesiones se abren y cierran desde la presencia y la conexión, con un momento de respiración, enraizamiento y, si es posible, verbalización. Se pone palabra a la vivencia que se trae, se nombran las emociones y se recoge lo compartido en el trabajo del día. En el momento del cierre, esto favorece la integración cognitiva y afectiva de la experiencia vivida.

2. La recuperación de la vitalidad

Desde Río Abierto, el trabajo con el movimiento permite recuperar el tono vital, desbloquear tensiones crónicas, restaurar la percepción corporal y conectar con la alegría vital. Las sesiones comienzan con una activación suave. A través del movimiento libre, la música y el trabajo corporal guiado, se fomenta la presencia, se libera tensión y se construye clima grupal. Para muchas personas con TMG, esta es una experiencia fundamental: volver a habitar su cuerpo no como amenaza, sino como lugar de potencialidad.

3. El grupo como sostén

El grupo del taller de teatro se convierte en una “comunidad de cuidado”, donde cada voz, cada cuerpo, cada historia, tiene lugar. Donde la enfermedad no es un fracaso personal, sino parte de un entramado más amplio, y donde la sanación ocurre también cuando un@ se siente vist@, escuchad@, útil, amad@. El grupo es un elemento que ayuda a la regulación de la persona, y el pertenecer a él puede ser el sostén en los momentos más difíciles.

Es fundamental establecer un clima de respeto, horizontalidad y apoyo mutuo. A través de las vivencias compartidas, el juego, la risa y el contacto físico, el grupo se convierte en comunidad: la tribu escénica. El encuentro con el/la otr@ ya no desencadena miedo e incertidumbre, se convierte en un espacio de seguridad y confianza.

4. La verdad que habita en la expresión auténtica

El teatro como manifestación artística tiene un potencial de trascendencia que hace que la escena se viva como una experiencia de verdad. El trabajo con Río Abierto tiene una dimensión profundamente corporal, energética y vivencial que permite anclar en el cuerpo los procesos de toma de conciencia y transformación.

El gesto escénico, el grito espontáneo, la quietud profunda, la mirada que se sostiene, la improvisación que nace sin guión: son las expresiones de una presencia que se van recuperando a través de la práctica teatral. En personas con TMG, estas manifestaciones no son anecdóticas: son actos de restitución vital, formas de decir “aquí estoy”, “esto soy”, “esto siento”. Al mismo tiempo, no se busca normalizar, sino humanizar: se trata de ofrecer un espacio donde la locura, el dolor o el silencio pueden tener voz, movimiento, lugar y ser bellas. Cada persona, independientemente de su diagnóstico, tiene algo que decir, algo que expresar y algo que transformar.

5. La escena como espacio de reconciliación

La persona facilitadora y el grupo son el sostén, el marco amoroso en el que sentir la motivación y el coraje para contactar con estas partes más escondidas y, frecuentemente, estigmatizadas, pues poder tocarlas permitirá abrir caminos para la transformación y la recuperación.

El cuerpo, tantas veces escindido en los TMG, se convierte en un territorio seguro. “Estoy a salvo en mi ser, confío en mis recursos propios, soy resiliente”. En este sentido, la escena se convierte en un espacio de reconciliación. Se abre la posibilidad de reparar vínculos interrumpidos: con el propio cuerpo, con la voz, con la emoción, con el grupo, con la historia personal. Desde la presencia escénica, es posible también sanar memorias y construir sentido compartido, la transformación se vive desde lo colectivo.

A veces hay momentos de regresión, de resistencia o de ausencia, que no se interpretan como retrocesos, sino como partes legítimas del proceso. Lo importante es que el marco metodológico brinda contención, ritmo y sentido, sin forzar los procesos, respetando siempre los tiempos internos de cada un@.

6. El ritual de la representación teatral

La experiencia del taller semanal de teatro se completa con la creación y representación de una obra teatral. A partir de elementos escénicos que emergen del grupo, se construyen coreografías, dramatizaciones y textos que se presentan al público. Los temas que se tratan son los que el grupo quiere explorar. Es fundamental la escucha de las vivencias que se comparten en las ruedas de cierre y apertura. También es útil abrir espacios de debate donde, en el marco seguro del grupo, se puedan explorar temas relacionados con la salud mental, como el aislamiento, la ansiedad y la psicosis.

Para las personas con TMG, muchas veces marcadas por el estigma, la invisibilidad o el juicio, la mirada del público es profundamente reparadora: ver y ser visto en escena como alguien que tiene algo valioso que mostrar, que conmueve, que importa, transforma la vivencia subjetiva de “estar rot@” en una experiencia de valor y belleza compartida. Poder hablar de las dificultades con la salud mental en primera persona ayuda a promover la conciencia y la comprensión del/de la que escucha.

En este contexto, incluso lo imperfecto — el temblor, el silencio, la torpeza, la emoción desbordada — se convierte en expresión legítima y poderosa. En la representación teatral, con el público como testigo y participante de la catarsis colectiva, todo lo que ocurre es relevante y necesario. El teatro adquiere una dimensión ritual donde ambos, público y actores/actrices, celebran lo humano, con toda su fragilidad, como algo digno de ser visto.

Conclusión

Este enfoque integrado entre Río Abierto y el teatro social no pretende ofrecer soluciones cerradas, sino abrir caminos. Caminos que atraviesan el cuerpo, la voz, el movimiento, la escucha, la presencia y la creación colectiva. Caminos donde el teatro no cura, pero cuida. Donde el cuerpo no se corrige, sino que se habita. Donde la palabra no se impone, sino que se recupera.

En definitiva, se trata de generar espacios donde las personas con Trastorno Mental Grave sean y se sientan protagonistas, no de una escena ficticia, sino de su propia vida.

Elena Martín Hidalgo
elena.martinhidalgo@gmail.com
Móvil/WhatsApp: 632698306
Alumna de Río Abierto en Canarias

Facilitadora de teatro social. Formada en Pedagogía Teatral y Teatro del Oprimido, Arte Terapia y alumna de la Formación Río Abierto. Desde 2020, ha facilitado talleres de teatro en los centros penitenciarios de Gran Canaria y con personas diagnosticadas con Trastorno Mental Grave.