Cuando propuse el grupo de yoga y el grupo de gimnasia suave para mayores pensé que éste último no saldría, que nadie se querría apuntar y únicamente saldría el yoga adelante. Con el paso de las semanas, el grupo de yoga se quedó con dos personas y el grupo de gimnasia para mayores es el que continúa actualmente. Los días previos a la clase de mayores empecé a investigar porque no tenía idea de cómo plantear el movimiento ajustado a las necesidades de cuerpos de más de 83 años en un pueblo minúsculo en el Pirineo Aragonés.

Son el contenedor de la memoria vinculada al territorio. Conocedores vivenciales de las costumbres, las formas de hacer y su por qué. Testigos del cambio, la transformación. Son la generación entre la postguerra, la dictadura y la democracia. Nacieron en un pueblo lleno de vida, donde sólo en Abizanda llegaron a residir 200 personas. En cada pueblo había una escuela y las casas, a pesar del frío durante el invierno, disfrutaban de calidez humana. Cuando se compartían hasta las camas.

Ahora viven en soledad, perdidos en 500m² de casa. Las calefacciones calientan los hogares, pero el silencio es interrumpido, principalmente por la tele, en algunos casos. Los abuelos hablan siempre de la dureza de los inviernos de antes, del trabajo en el campo. Las heladas de antes duraban semanas. Las noches junto al fuego de la cadiera, donde se cocinaba la vida y a veces el sueño. Conversaciones y el silencio de la contemplación. En verano, a coser al sol en el corro. Se compartía la merienda. Se cantaba. Se tocaban instrumentos. Se convivía más y existía mayor apoyo entre los vecinos.

Las primeras sesiones llegué con mis miedos a la sala porque creía que no sabía qué hacer o cómo hacer. Investigué y estructuré algunas partes de la sesión entre el yoga y la movilidad articular. Es decir, me apoyé más en lo mecánico y en la estructura.

Conforme pasaban los días me sentía más confiada y relajada con el grupo, entonces me abrí progresivamente a lo intuitivo y a la creatividad que venía en el momento. Cada vez me sentía más receptiva, calmada, integrando mejor las pausas, llegando a crear un equilibrio consciente entre acción y descanso en las sesiones.

Abrirme a la creatividad fue como una bocanada de aire fresco para mí y para el compartir del grupo, lo cual permitió traer más energía vital a las sesiones. Para ello, también tuve que atravesar uno de los aprendizajes más importantes: confiar.

Confiar en que todo lo que les había compartido sobre la escucha y el no forzar el cuerpo, ya estaba floreciendo. «Estamos aquí para cuidar nuestras articulaciones y el cuerpo». «Si siento dolor salgo del ejercicio y me lo podéis comunicar a mi y buscaremos una alternativa». Esto fue un mantra amoroso. Transmitirlo fue crucial, especialmente en esta generación de la obediencia y el aprendizaje por imitación, donde hay que sacrificar el cuerpo para llegar a lo que nos ordena el «líder».

Había alguna persona polarizada en el hacer, de llevarse al extremo sin descanso por cumplir. Otros no se daban el espacio simplemente de comunicarlo. Paralelamente, también hablaba sobre la importancia del equilibrio entre descanso y actividad, como he dicho antes, pues había dos personas que habitaban en los dos polos. Una por el cansancio y los dolores no se movía, la otra por el «yo no paro».

Llegado este punto, tomé consciencia de que era yo la que les estaba limitando. Mi juicio/miedo de que ellos eran viejos, frágiles y que podían hacerse daño. Además, la creencia de que no les podía hablar de temas espirituales o compartir la espiritualidad porque no la iban a entender.

De pronto, me vi hablando del amor de Dios, no en plan cura, pero había momentos de abrirnos conscientemente al amor. Entendí que la Biblia o, más bien, lo que en ella se transmite, era lo mismo y una forma de llegar a ellos. ¿Por qué no? Su espiritualidad tiene ese código, porqué no entendernos a través de él y tomar consciencia, recordar, traer al día a día esa apertura del corazón y de lo que baja de arriba. Quizás no fue apropiado, quién sabe.

Fue muy hermoso, ver como entraban profundamente en meditación. Hombres y mujeres, cuando la gimnasia en esta generación era algo de mujeres. Al principio yo no les decía «vamos a meditar». Al final, sí lo compartí: «Esto que hacemos es de yoga y meditamos». Les hacía gracia. Cuando fue llegando, lo creativo y lo vital, se les iluminaba la cara, las risas, el juego. Al bailar juntos. Fue muy bello cuando decían «hacía años que no bailaba».

Hicimos juegos de liberar la voz y todos llegaron a participar. Esto fue de manera progresiva. Floreció una confianza mutua en el grupo. También empezamos a integrar en las sesiones la práctica del equilibrio en círculo apoyándonos juntes y sintiendo el sostén del grupo.

Observé que esta dinámica potenciaba el vínculo grupal y la confianza. Esto fue un salto para mí, y mi miedo a que alguien se hiciera daño. En el equilibrio, navegamos en el juego, el disfrute, las risas y la concentración. Fue impresionante ver cómo llegaban a aguantarse en una pierna concentrados, disueltos en un punto en la pared. De este modo, pudimos trabajar la frustración y la confianza en la planta de los pies: las raíces.

Hicimos sesiones donde caminábamos sintiendo la pisada, las piernas y las plantas de los pies. En casi todas las sesiones había un espacio para el masaje y el autocontacto. El nutrirnos con amor, tocarnos con ternura. Lo verbalicé. Según sus testimonios, sus dolores mejoraron, incluso se observaron cambios en alguna postura. Las personas también lo comunicaban.

¿Cómo podemos acompañar a los mayores a danzar, a convivir con sus dolores y sus trabas? Yo sigo percibiendo que están fosilizadas. Un fósil es un mineral que guarda información de miles de años que se encuentra en un mundo divergente del cual fue su origen. Se encuentra inmerso en un mundo de tejidos, fluidos, texturas y vibraciones que lo acompañan, lo integran en un sistema más grande del que forma parte.

Esta relación puede todavía generar cambios en su composición, dureza y textura. Aunque sea un proceso más lento. Cuando el dolor es tan intenso, o el bloqueo en el tejido está tan enfatizado, además de lo que comporta la maestría de habitarnos en el declive psicocorporal, un ínfimo movimiento es un mundo para la persona. Especialmente, en el marco de ralentización de la actividad general que suele caracterizar esta etapa.

Confío en que, a través del movimiento psicocorporal, transpersonal y la creatividad, las trabas más fosilizadas en cuerpo envejecido todavía pueden encontrar nuevas danzas y espacios de movimiento. Esto es un respiro en los espacios de dolor y dificultades que pueden acompañar el envejecimiento. Nuevos mundos que abren a la persona a sentirse y experimentarse desde diferentes lugares siendo consciente, honrando y amando más sus limitaciones.

Silvia Domínguez Mateo

Alumna de tercer curso de la formación río abierto